Nació en Chillán el 20 de agosto de 1778. Creó el Congreso Nacional (1811) al decirle a su amigo Martínez de Rozas (perteneciente a la Junta de Gobierno) que lo estableciera. Su padre Ambrosio destacó en el servicio público.
En el Desastre de Rancagua (1814), rodeado por el enemigo numéricamente superior y resistiendo por más de 36 horas sin agua y con falta de sueño, no pensó en rendirse y cargó contra el cerco, rompiéndolo. Se dirigió a Mendoza tras aquella batalla y, junto con San Martín, cruzó los Andes en 1817 y se enfrentó a los realistas en la importante batalla de Chacabuco (12 de febrero de 1817), donde O’Higgins fue fundamental en el triunfo.
El ala derecha patriota (al mando de Soler) se perdió en las espesas serranías, quedando sola la división de O’Higgins (ala izquierda) frente al enemigo y sin cañones, puesto que se desbarrancaron. Los cañones realistas admirablemente apuntados, causaban estragos. Solo quedaba desobedecer a San Martín y atacar para evitar la derrota, y así lo hizo. Con previo consejo de Cramer (ex oficial de Napoleón), atacó mandando la caballería al flanco derecho del enemigo y la infantería al centro. O’Higgins se puso delante de las tropas en este asalto. Dicho ataque resultó en un éxito y ya estaba decidida la batalla cuando, por fin, se presentó por el otro lado la división de Soler.
Bernardo O’Higgins fue nombrado Director Supremo. Firmó la independencia de Chile el 1 de enero de 1818 y la juró el 12 de febrero de dicho año. Organizó un nuevo ejército chileno, logrando que en la decisiva y victoriosa batalla de Maipú (5 de abril de 1818) combatieran más chilenos que argentinos bajo las órdenes de San Martín. Sin los patriotas chilenos era imposible ganar esta batalla.
Como Director Supremo enfrentó a la aristocracia que detestaba, lo que hizo que la izquierda chilena del siglo XX lo admirase en su momento. Su pugna con la aristocracia, la Iglesia y las acusaciones que él rechazaba de haber sido el responsable de la muerte de los Carrera y Manuel Rodríguez, además de la crisis económica producida por la guerra, hicieron que el país estuviera al borde de la guerra civil. Para evitarla, renunció diciendo:
«Si no me ha sido dado dejar consolidadas las nuevas instituciones de la República, tengo al menos la satisfacción de dejarla libre e independiente, respetada en el exterior y cubierta de gloria por sus armas victoriosas. Doy gracias al cielo por los favores que ha dispensado a mi gobierno, y le pido que proteja a los que hayan de sucederme […] Ahora soy un simple ciudadano. En el curso de mi gobierno, que he ejercido con una grande amplitud de autoridad, he podido cometer fallas, pero creedme que ellas habrán sido el resultado de las difíciles circunstancias en que me tocó gobernar y no el desahogo de malas pasiones. Estoy dispuesto a contestar todas las acusaciones que se me hagan; y si esas faltas han causado desgracias que no pueden purgarse más que con mi sangre, tomad de mí la venganza que queráis. Aquí está mi pecho». Dicho esto, rompió su casaca y mostró desnudo su pecho a sus acusadores.
Se exilió en Perú. Durante su mandato siempre respetó las instituciones y nunca cerró el Congreso Nacional, aunque es cierto que nombró una especie de senadores designados, los cuales a veces se oponían a O’Higgins y eran buenos servidores públicos. Además, siempre respetó la libertad de prensa.
Los partidarios de su figura histórica, los o’higginistas dicen que fue el chileno que más hizo en favor de la causa patriota en la guerra de emancipación, destacando su valentía extrema.
Sobre si asesinó a los Carrera y a Manuel Rodríguez, su defensa alega que no existen pruebas para culparlo. Lo cierto es que, después de Maipú, O’Higgins ordenó detener la ejecución de Juan José y Luis Carrera, y tenía planeado enviar a Manuel Rodríguez al extranjero con elevados emolumentos. La muerte de Manuel fue producto de un complot organizado por el argentino Monteagudo, de la Logia Lautaro. Sus detractores hablan del vínculo de O’Higgins con aquella logia, de la cual participó.
En una carta del 5 de abril de 1840 dirigida al general José María de la Cruz dijo: «Siempre he considerado como lo más importante de estas medidas la unión de todos los chilenos, sur y norte del Biobío, como oriente y poniente de la gran cordillera, en una gran familia.
Yo he admirado siempre las acciones heroicas de las hazañas de Caupolicán, Lautaro, Galvarino de Antiguenú, Paillamachu y Lientur, sin olvidarme de la heroica Janaqueo, y tendría el mayor placer en ver a sus descendientes y compaisanos gozar todos los derechos y privilegios de ciudadanos chilenos».
En sus últimos días de vida destaca que mandó a colocar un altar portátil en su habitación para oír «misas de San Gregorio» y manifestaba su preocupación por que Chile tomase posesión efectiva de la región histórica de Magallanes, incluyendo su estrecho.
~ Texto original enviado por E. P. y modificado por Historia Nostrum, 20 de agosto de 2025.